En vivo y en directo. Autocrítica sin tapujos, llamando a las cosas por su nombre. Basta de excusarse en el mundo, la vida o la sociedad. ¿Acaso no formamos parte del mundo? ¿No somos dueños de nuestra vida? ¿No somos los que sostenemos esta sociedad?
domingo, 17 de marzo de 2013
Pues yo quiero una Iglesia rica...
Y no es por contradecir al Santo Padre que el sábado manifestaba su deseo de una Iglesia “pobre y de los pobres”. Me atrevería a ser tachado de arrogante, pero creo que el Papa Francisco estaría de acuerdo conmigo si alguna vez llegara a sus manos este escrito.
Porque a mí me gustaría una Iglesia rica en esperanza, en fe y en caridad. Una Iglesia rica en sed de Dios, en vocaciones y en generosidad. Una Iglesia rica en unidad y armonía. Una Iglesia rica en Dios y de Dios.
Me gustaría una Iglesia rica en voluntarios. En sacerdotes, religiosos, religiosas, lectores, acólitos, diáconos, catequistas y monaguillos. Me encantaría una Iglesia rica en entrega, santidad y en manifestaciones artísticas que alaben a Dios y muevan a los corazones hacia Él.
Quiero una Iglesia rica en el Espíritu de Dios. Rica en disponibilidad. Una Iglesia rica en oídos atentos, miradas limpias, grandes manos para acoger y dar, y palabras justas en el momento adecuado. Quiero una Iglesia rica en su vida espiritual, sacramental, evangelizadora, profética, asistencial... Quiero una Iglesia rica en oración y en acción. Rica en palabras y hechos.
Quiero una Iglesia rica en tesoros en el Cielo y en constructores del Reino de Dios en la Tierra. Quiero una Iglesia rica en solidaridad, en fraternidad, en ofrecer consuelo.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Francisco
Tres apuntes rápidos.
Primero, el nombre: Francisco. El nombre del santo del cofundador de la Compañía de Jesús, san Francisco Javier, a la que pertenece el nuevo Pontífice. Ya lo aclarará él mismo, pero podía haber escogido el nombre del compañero de san Ignacio de Loyola. Sin embargo, parece que ha preferido señalar hacia el humilde y sencillo Francisco de Asís, reformador de la Iglesia desde el corazón y la pobreza para volver a lo esencial, al origen, aquél que fue llamado a "reparar" la casa de Dios. Y tampoco podemos descartar a otro jesuita, san Francisco de Borja, o a otro gran misionero, san Francisco de Sales. En ambos casos, el santo al que debían su nombre sigue siendo el de Asís. Quizá una declaración de intenciones.
Segundo, el rezo. Dirigir el padrenuestro y rezarlo junto a los fieles que estaban en la plaza y los que estábamos allí a través de la televisión. Un gesto que habla de comunidad y de la misión del pastor. Un rezo, además, por el Papa emérito.
Tercero, la bendición. Francisco I ha querido recibir la bendición antes de impartirla, a través de la oración de todos los católicos. No ha sido la bendición del pueblo, sino la intercesión del pueblo para recibir la bendición del Espíritu, para después devolverla a la ciudad y al mundo.
Tenemos un buen Papa. Lo habríamos tenido fuese el que fuese el elegido.
Primero, el nombre: Francisco. El nombre del santo del cofundador de la Compañía de Jesús, san Francisco Javier, a la que pertenece el nuevo Pontífice. Ya lo aclarará él mismo, pero podía haber escogido el nombre del compañero de san Ignacio de Loyola. Sin embargo, parece que ha preferido señalar hacia el humilde y sencillo Francisco de Asís, reformador de la Iglesia desde el corazón y la pobreza para volver a lo esencial, al origen, aquél que fue llamado a "reparar" la casa de Dios. Y tampoco podemos descartar a otro jesuita, san Francisco de Borja, o a otro gran misionero, san Francisco de Sales. En ambos casos, el santo al que debían su nombre sigue siendo el de Asís. Quizá una declaración de intenciones.
Segundo, el rezo. Dirigir el padrenuestro y rezarlo junto a los fieles que estaban en la plaza y los que estábamos allí a través de la televisión. Un gesto que habla de comunidad y de la misión del pastor. Un rezo, además, por el Papa emérito.
Tercero, la bendición. Francisco I ha querido recibir la bendición antes de impartirla, a través de la oración de todos los católicos. No ha sido la bendición del pueblo, sino la intercesión del pueblo para recibir la bendición del Espíritu, para después devolverla a la ciudad y al mundo.
Tenemos un buen Papa. Lo habríamos tenido fuese el que fuese el elegido.
martes, 12 de marzo de 2013
A ver quién es el que la tiene más...
Somos competitivos. Está en nuestra naturaleza. Cuando alguien hace algo que está a nuestro alcance sentimos un irrefrenable estímulo para superar esa marca. A fin de cuentas, si Adán y Eva mordieron la manzana fue para competir con el mismo Dios que les había creado.
No es que la competencia no tenga su lado positivo. Sin duda, lo tiene. Puede hacernos mejorar, motivarnos a extraer lo mejor de nosotros mismos. Es lo que tiene “competir” con uno mismo. Pero incluso cuando es la envidia o el afán de gloria nuestro mayor aliciente, Dios sabe escribir con nuestros renglones torcidos. Está claro que no podemos quedarnos parados tal cual nos parieron. Somos seres en permanente evolución y cambio, llamados a “progresar adecuadamente”.
El problema es que a veces nos dejamos llevar tanto por esta inercia que perdemos el norte, sobredimensionamos las batallas, nos extralimitamos, e incluso podemos terminar haciendo el ridículo. Yo lo he hecho, y quién no, que levante el brazo.
jueves, 7 de marzo de 2013
¿Qué le pido al nuevo Papa?
Probablemente sean pocos los que se hayan percatado. Durante las últimas semanas he guardado silencio. Huelga de teclas caídas. Y les confieso que mientras escribo esto sigo tentado de mantener este paro técnico.
No negaré que la decisión de Benedicto XVI ha turbado mi ánimo, aunque —para ser justos— ya venía “tocado” de antes. Las reacciones y reflexiones sobre la renuncia del Papa que se desplegaron posteriormente no hicieron otra cosa que reafirmarme en aquel viejo consejo: si las palabras no van a mejorar el silencio, mejor no romperlo...
Y en ésas estaba hasta que ayer un buen amigo, preocupado por la ausencia de mi clásica incontinencia verbal (que algún lío me ha procurado), intentó motivarme —léase desafiarme— a expresar por escrito qué le pide la Iglesia —y el mundo— al nuevo Papa, cuya identidad todavía desconocemos.
¿Qué Papa necesita la Iglesia? Una pregunta a la que parece que nadie —desde dentro y desde fuera— se resiste a contestar. Desde cardenales hasta el último de los bautizados. Desde creyentes a ateos beligerantes. Demasiadas voces y quizá poco silencio.
Y es que siendo la pregunta importante e interesante, me parece que no lleva la dirección correcta. Deberíamos preguntarle a Dios y no a nosotros mismos. Debemos preguntarle qué Iglesia quiere, qué Papa quiere, qué va a pedirle, qué nos pide diariamente.
martes, 29 de enero de 2013
Año de la Fe (11): En la frustración...
En momentos de felicidad, plenitud, cuando todo va rodado, puede ser muy fácil creer y ser agradecido. Aunque también habrá otros que se olvidarán haciendo válido el refrán aquél que dice que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena...
Preparando una reunión para el mes que viene, leía esta misma semana una breve reflexión que me gustaría completar y compartir:
“Cuando me sentí cansado y pedí fuerzas, fui afortunado, porque Dios me dio dificultades y la fuerza para hacerles frente.
Cuando necesité sabiduría, fui afortunado, porque Dios me dio problemas para resolver.
Cuando deseé prosperidad, fui afortunado, porque Dios me recordó que tengo un cerebro y músculos para trabajar.
Cuando pedí coraje, fui afortunado, porque Dios me dio obstáculos que superar.
Necesité amor, y por fortuna, Dios me dio personas a las que amar.
No recibí nada de lo que pedí…, pero fui afortunado, porque recibí todo lo que precisaba”.
Piénsenlo. Si Dios nos permitiera pasar a través de nuestras vidas sin obstáculos, nos
dejaría atrofiados, sin fuerzas para luchar y ser como podríamos haber sido. Todo lo que nos ocurre es una oportunidad.
martes, 22 de enero de 2013
Año de la Fe (10): Sí, puedo
El pasado lunes llegó a mis manos una reflexión sobre el “Padre Nuestro”. O mejor, sobre la ligereza con que a veces recitamos —más que rezar— esta oración.
Como voz que clama en el desierto llamada a despertar conciencias y mover corazones, el citado escrito decía :
“No puedo decir PADRE si no intento vivir cada día como un hijo. No puedo decir NUESTRO, si sólo vivo para mí mismo. No puedo decir QUE ESTÁS EN LOS CIELOS, si sólo pienso en las cosas terrenales. No puedo decir SANTIFICADO SEA TU NOMBRE si no lo honro. No puedo decir VENGA TU REINO si lo confundo con el éxito terrenal. No puedo decir HÁGASE TU VOLUNTAD si no la acepto cuando es dolorosa. No puedo decir EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO si no le sirvo aquí y ahora.
No puedo decir DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA si no me preocupo por los necesitados. No puedo decir PERDONA NUESTRAS DEUDAS si guardo rencores. No puedo decir NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN si deliberadamente me expongo al pecado. No puedo decir LÍBRANOS DEL MAL si no uso la armadura del Espíritu:”
El caso es que tras una primera reacción de vergüenza —de eso se trataba— por la caradura que demostramos muchas veces cuando rezamos esta oración impunemente, surgió desde mi interior otra reflexión que, de alguna manera, complementa la anterior.
Y es que creo que sí podemos decir PADRE, porque no depende ser nosotros ser tus hijos, porque ése es tu regalo, y porque aunque no te seamos merecedores, Tú, Señor, eres el padre del hijo pródigo. Así que puedo y debo llamarte PADRE, porque te necesito como tal... Y por eso también puedo decir NUESTRO, porque tu paternidad nos hace hermanos, aunque no siempre nos tratemos adecuadamente.
Puedo decir QUE ESTÁS EN LOS CIELOS, porque tu presencia todo lo llena. También puedo y debo proclamar tu SANTIDAD porque aunque ningún hombre la cantase, hasta las piedras lo harían. TU NOMBRE ES SANTO no por decirlo o gritarlo más alto. Tu nombre es SANTO incluso cuando es ultrajado.
Claro que puedo pedir que VENGA TU REINO. Y cuanto antes, viendo cómo nos va y la que está cayendo... Y que SE HAGA TU VOLUNTAD, que nos des fuerza y valor para hacerla, para que tu reino SEA EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO.
Sí creo que puedo pedirte EL PAN DE CADA DIA, nuestro alimento diario para el alma, y que PERDONES NUESTRAS DEUDAS, aunque seamos incapaces de perdonar, porque ésa, precisamente, es otra deuda. Puedo pedirte que NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN, porque soy consciente de mi debilidad, de mi necesidad de Ti para vencerla. Y por último, también puedo pedir —si es posible— que NOS LIBRES DEL MAL, porque la nuestra no es una religión masoquista que adora el dolor y el sufrimiento. Una cosa es acogerlo y aceptarlo, y otra, desearlo...
A veces se nos olvida que el “Padre Nuestro” es una oración, una petición al Padre, desde nuestra humanidad débil de pecadores, más que un juramento o proclamación orgullosa de nuestra fe. Eso es el “Credo”.
martes, 15 de enero de 2013
Año de la Fe (9): Yo, no; Tú, sí
Todos tenemos momentos de cansancio y hastío, de no poder más. Todos pasamos por fases en las que nada parece salir adelante, en las que el alma se escapa por los poros y duele hasta respirar...
Es en estas situaciones donde la Fe es el último baluarte, el clavo ardiendo al que aferrarse. Es en estos momentos donde comienza a cumplirse la primera de las bienaventuranzas, la de los pobres de espíritu, la de aquéllos que se sienten necesitados de Dios, indigentes ante Él.
Y es que la realidad es ésta: quizá yo no pueda más, pero Tú, sí. Tú lo puedes todo. Tú nos invitas a acudir a Tí en nuestros momentos de cansancio...
Hace unos días descubría un fondo de escritorio —me gusta coleccionarlos— en Internet. Sobre un fondo liso se leía un mensaje en inglés que, traducido, vendría a ser algo así como que “yo no soy una persona especial; soy una edición limitada”. Único e irrepetible, porque Dios me ha querido así. ¿Cómo iba a dejar Dios que alguien tan valioso se perdiera?
Dios no sólo puede amarte. Es que quiere hacerlo... y lo hace.
martes, 8 de enero de 2013
Año de la Fe (8): Ser testimonio
Disculpen por adelantado mi ausencia las últimas semanas y la brusquedad con que quizá puedan verse tratados hoy. ¡Cuesta ser voz y desierto a la vez! ¡Es difícil! ¡Agota! ¡Duele! ¡Mucho!
No recuerdo exactamente dónde ni a quién, pero recientemente leía que hace falta hablar menos de Dios y más traerlo a nuestras vidas y ambientes. Encarnarlo, de nuevo, en este mundo. Encarnarlo en nuestras manos, en nuestros brazos, en nuestras mentes y en nuestros corazones. Pasar de “dar” testimonio a “ser” testimonio.
Eso debería notarse, fuera. Debería sentirse, dentro.
En este mes de enero, Benedicto XVI invita a todos los creyentes cristianos a rezar por una Intención General referida al año que se viene celebrando en la Iglesia: “Para que en este Año de la Fe los cristianos puedan profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo y testimoniar con alegría el don de la fe en Él", es el deseo del Papa.
Pues eso...
martes, 18 de diciembre de 2012
Año de la Fe (7): No se ha ido. Siempre ha estado
El Papa Benedicto XVI lo expresa en los dos últimos párrafos de la octava catequesis que dedica al Año de la Fe.
En el primero, nos recuerda que el Adviento “nos recuerda una y otra vez que Dios no se ha ido del mundo, que no está ausente, que no nos abandona; al contrario, sale a nuestro encuentro de diferentes maneras que tenemos que aprender a discernir”.
Dios no vuelve por Navidad. Siempre estuvo ahí. Nunca se fue. Ha estado a lo largo de la historia: en el momento de la creación, en el de los pactos y alianzas, en el de los prodigios y milagros, en el de su encarnación y nacimiento como uno de nosotros, en el corazón de su Iglesia y de los santos...
Dice el Papa en el último párrafo de su catequesis que “también nosotros, con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados, día a día, a distinguir y testimoniar esta presencia en el mundo a menudo superficial y distraído, a hacer que resplandezca en nuestra vida la luz que ha iluminado la gruta de Belén”.
Un mundo superficial y distraído... Más veces de las que deberíamos, nosotros mismos, ¿no?
Porque superficial es relajar nuestro ser cristiano al cumplimiento de unas normas, ritos y costumbres. Tan superficial como cualquier actividad —aún las más magníficas— que no son conscientes de su porqué.
Y distraído. ¿O acaso no pueden convertirse en distracción esas mismas normas, ritos y costumbres? ¿O la acción, por la simple acción?
Cristo al centro... ¡y desde allí hasta la periferia! Inundándolo todo, hasta el último poro de nuestra piel y la más ínfima molécula de nuestro interior. Descubrirle en nuestra vida. Hacerle visible frente a tanta luz falsa o simples reflejos de la luz verdadera.
La semana que viene, Navidad. Pero no se equivoquen: Dios no viene; nunca se fue. Aunque a veces es difícil verle...
martes, 11 de diciembre de 2012
Año de la Fe (6): Himno de Adviento
Esta pasada semana me topé con este bello Himno del siglo IX que formaba parte de la Liturgia Latina en este tiempo de Adviento.
“Que el sol, los astros, la tierra y los mares
resuenen ante el advenimiento del Dios altísimo;
¡que el rico y el pobre unan sus cantos
para celebrar al Hijo del Creador supremo!
Su nacimiento precede a la estrella de mañana:
éste es el Salvador prometido antaño a nuestros padres,
fruto glorioso de una Virgen,
el Hijo del Dios todopoderoso.
Éste es el Rey de la gloria,
el que debía venir para reinar sobre los reyes,
para poner bajo sus pies al enemigo cruel,
y para curar al mundo enfermo.
Que los ángeles también se alegren;
que todos los pueblos se estremezcan de alegría:
el Altísimo viene humildemente para salvar lo que perecía...
Que los profetas alcen sus voces y profeticen:
¡El Emmanuel ya está cerca de nosotros!
Que la lengua de los mudos se desate,
y vosotros, los cojos, corred a su encuentro...
Todas las naciones y las islas, aclamad este gran triunfo.
Corred como acuden los ciervos:
he aquí el Redentor que viene.
Que los ojos de los ciegos, hasta ahora cerrados a la luz,
aprendan a traspasar las tinieblas de noche, y abrirse a la luz verdadera...
¡Alabanza, honor, poder y gloria a Dios Padre,
y a su Hijo en la unidad del Santo Espíritu por los siglos eternos!”
Me ha parecido bonito compartirlo con todos, ya lo conocieran o no, especialmente en este contexto de reflexiones a raíz del Año de la Fe. No en vano, nuestro Credo, tras llamar a Dios padre y reconocerle como todopoderoso, afirma nuestra fe en su Hijo, nuestro Señor, ése que se acerca, que siempre ha estado, ése que, como señala Benedicto XVI en su catequesis semanal “no es algo que se superpone a nuestra humanidad, sino el cumplimiento de los más profundos anhelos humanos”.
martes, 4 de diciembre de 2012
Año de la Fe (5): ¿En qué o en quién cree usted?
En el propio enunciado de la pregunta encontramos un enfoque necesario para la respuesta. Por cierto, menos unívoca de lo que podríamos pensar...
Desde su experiencia, ¿cómo es Dios?
El Dios en quien yo creo, en el que cree la Iglesia, es una persona. No un ente, una fuerza, un espíritu, una mente, un modelo matemático, o una partícula diminuta en el interior de cada átomo. Se trata de un Dios que habla, que se comunica, con el que se puede dialogar y hasta —si me apuran— negociar... O al menos intentarlo.
Se trata de un Dios que se nos ha dado —y se nos da— a conocer.
El Papa Benedicto XVI —como siempre— expresa ese concepto de comunicación constante en su catequesis de la pasada semana de una forma brillante.
Y aunque su interés y objeto de reflexión es otro distinto al que hoy les planteo, dice el Santo Padre que si podemos hablar de Dios al mundo es porque Él primero “ha hablado con nosotros”. Afirma que “Dios no es una hipótesis lejana del mundo por su origen, Dios se preocupa por nosotros, Dios nos ama, Dios ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha ‘auto-comunicado’ hasta encarnarse”.
Y aquí es donde toma de nuevo sentido la pregunta que les hacía al principio y la advertencia sobre que la respuesta podía ser no tan única como parece, sin dejar de serlo: Dios se ha comunicado y comunica con cada uno de nosotros. Por tanto, cada uno tenemos una experiencia “única” de Dios. Una experiencia que, además, puede ir variando a lo largo de nuestra vida.
¿Cómo es su experiencia de Dios?
Dice el Papa que “Dios es una realidad de nuestra vida, Dios es tan grande que tiene tiempo también para nosotros, que puede ocuparse de nosotros y se ocupa de nosotros”.
Hay que reconocerlo: ¡qué grande es nuestro Dios! Porque es Uno y es capaz de comunicarse con cada uno, a cada uno, personalizando en cada persona su experiencia de encuentro y comunión, para llevarnos a todos al mismo lugar, que es Él mismo. No es relativismo de lo que hablo. Es misterio, algo que resulta difícil o imposible de entender y vislumbrar en su totalidad. Pese a que cada uno tengamos una experiencia distinta, pese a que a cada uno nos pida y nos hable de forma diferenciada, Dios es Uno y su rostro es Cristo.
Dios es Padre, Hijo, hermano, amigo, Espíritu Santo, prójimo... y sigue siendo Uno. Es creador y omnipotente... y sin embargo quiso nacer y vivir como uno de nosotros, para encontrarse con nosotros. Y morir por nosotros... por cada uno de nosotros. También por usted. Y por mí.
Como dice el Papa, “Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino que es el verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana”.
Así que, aún sabiendo que es el mismo para todos... ¿cómo es su Dios?
martes, 27 de noviembre de 2012
Año de la Fe (4): Razones para la Fe
Reflexiona Benedicto XVI en su cuarta catequesis en este Año de la Fe sobre la recomendación de San Pedro de estar “siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que pida razón de nuestra esperanza”. Y lo hace enmarcando estas palabras en un contexto social que ha dejado de ser cristiano para pasar a ser indiferente —e incluso beligerante— hacia Dios...
La verdad es que es difícil moverse en la cuerda floja. Y aunque parezca que debiera ser al contrario, la vida de fe siempre me ha parecido un viaje en el filo de la navaja. ¡Quizá me falta fe!
Por un lado, la fe implica una confianza plena en Dios. Pero esa confianza no puede llevarnos al inmovilismo, a pensar que ya que ponemos todo en sus manos todo depende de Él y que con eso ya hemos cumplido. No. Que Dios salga a nuestro encuentro no es razón para sentarnos a esperar su llegada sin hacer nada. ¿Qué diferencia esta actitud de la idolatría?
Por otro, en el rincón opuesto nos encontramos con la actitud —más vigente de lo que parece— reflejada en el refrán “a Dios rogando, y con el mazo dando”. O como señala el Papa, “como si Dios no existiera”, como si no fuera capaz de intervenir directamente en nuestras vidas. Vaciamos de contenido así la imagen presente en el Credo de Dios que es Padre, que es Todopoderoso, que es Creador. En el fondo, volvemos a morder de la manzana, volvemos a querer ser dioses, sin nada ni nadie por encima de nuestras cabezas, o convirtiendo a ese alguien en un mero espectador.
La pregunta final sobre la razón de nuestra fe me parece ésta: ¿necesitas milagros para creer, o porque crees los milagros florecen a tu alrededor?
Reconozcan conmigo que no siempre y en todo lugar la respuesta sincera a esta pregunta es la misma. Y es que ahí está la gracia de la cuestión: una fe sin dudas no es fe.
martes, 20 de noviembre de 2012
Año de la Fe (3): La actitud creyente
Señala Benedicto XVI en su catequesis semanal que, aunque en estos tiempos pueda parecer lo contrario, el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre en forma de anhelo o sed permanente y que, aunque de esa semilla no se puede llegar humanamente a la fe, es la base para su posterior arraigo. Como siempre les digo, él lo explica mejor: Catequesis 3.
De entre todo lo que dice el Papa —que es mucho y bueno— me gustaría reflexionar un poco sobre la actitud del creyente, la vivencia de nuestra fe, que no es estática ni única a lo largo de nuestra vida. Y como alguien —como casi siempre— hizo esta reflexión antes y mejor que yo, permítanme recomendarles un vídeo al que pueden acceder desde aquí y que se basa en un bello relato corto de Gibran Jalil Gibran, poeta cristiano libanés de una sensibilidad especial.
El texto original dice más o menos —ya saben lo que ocurre con las traducciones/adpataciones— así:
“En los días de mi más remota antigüedad, cuando el temblor primero del habla llegó a mis labios, subí a la montaña santa y hablé a Dios, diciéndole:
— Amo, soy tu esclavo. Tu oculta voluntad es mi ley, y te obedeceré por siempre jamás.
Pero Dios no me contestó, y pasó de largo como una potente borrasca.
Mil años después volví a subir a la montaña santa, y volví a hablar a Dios, diciéndole:
— Creador mío, soy tu criatura. Me hiciste de barro, y te debo todo cuanto soy.
Pero Dios no contestó; pasó de largo como mil alas en presuroso vuelo.
Y mil años después volví a escalar la montaña santa, y hablé a Dios nuevamente, diciéndole:
— Padre, soy tu hijo. Tu piedad y tu amor me dieron vida, y mediante el amor y la adoración a ti heredaré tu Reino.
Pero Dios siguió sin contestar; pasó de largo como la niebla que tiende un velo sobre las distantes montañas.
Otros mil años después volví a escalar la sagrada montaña, y volví a invocar a Dios, diciéndole:
— ¡Dios mío!, mi supremo anhelo y mi plenitud, soy tu ayer y Tú eres mi mañana. Soy tu raíz en la tierra y Tú eres mi flor en el cielo; junto creceremos ante la faz del sol.
Entonces Dios se inclinó hacia mí, y me susurró al oído dulces palabras. Y como el mar, que abraza al arroyo que corre hasta él, me abrazó.
Y cuando bajé a las planicies, y a los valles vi que Dios también estaba allí.”
¿Qué quieren que les diga? ¿Cuántas veces no hemos adoptado alguna de estas cuatro actitudes —o una mezcla de varias— en nuestra relación con Dios?
martes, 6 de noviembre de 2012
Año de la Fe (2): Nosotros creemos...
Pero no crean que en lo mismo. Dios es uno y se nos ha revelado a todos con el mismo rostro: Jesucristo. Pero al ser la fe un don personal, muchas veces maquillamos ese rostro a nuestro antojo y conveniencia. No sólo eso, sino que aplicamos sobre ese don divino las máximas de la propiedad privada: la fe es mía —o es un asunto privado entre Dios y yo— y yo decido en qué creo, y en qué no.
La Iglesia surge entonces como el faro, el nexo, la garante del real rostro de Dios. En la Iglesia y desde ella pasamos a conjugar el verbo creer en la primera persona del plural.
Benedicto XVI lo explica —como siempre— mucho mejor en su segunda catequesis para este Año de la Fe. Les dejo el enlace para el texto íntegro aquí.
Aún así, ni siquiera dentro de la propia Iglesia, todo el monte es orégano. No debería ser, pero ocurre más veces de las que debiera. En demasiadas ocasiones parece que la fe nos lleva a “competir” con el mundo, e incluso entre nosotros mismos...
¿Se imaginan a san Pedro o a san Pablo, a los apóstoles y a los primeros discípulos, compitiendo entre ellos por ver quién es el primero en llegar a tal ciudad a anunciar el Evangelio, o llevando cuentas del número de pueblos visitados o personas convertidas? ¿Se los imaginan presumiendo de estos datos como hazañas, como muestras de su valía, como marcadores para medir su prestigio? A ellos no, pero a muchas instituciones, entidades, movimientos y personas dentro de nuestra Iglesia —la que Jesús quiso y fundó— yo sí les veo estas actitudes. De hecho, ni yo mismo soy siempre ajeno a ellas.
El problema —no se equivoquen— es de fe. De verdadera fe. O mejor, de respuesta a la misma. Si todos profesáramos real y completamente la misma fe estas cosas no deberían pasar. Asumiríamos que somos un mismo cuerpo, que navegamos un mismo mar y que lo hacemos a bordo de un mismo barco. Trabajaríamos por el Reino de Dios sin importarnos quién cobra los réditos, o quién aparece en los títulos. No convertiríamos el Evangelio en una mercancía que hay que vender, ni su anuncio en un problema de primicias o números.
Y es que —como ven— todo esto nos lleva al siguiente paso en esta serie: el contenido de nuestra fe.
martes, 30 de octubre de 2012
Año de la Fe (1): Yo creo...
Creer es el verbo —cronológicamente al menos el primero de ellos— en este Año de la Fe. Creer... Pero, ¿qué es creer?
Decía mi abuela —que en paz descanse— que “fe es creer en lo que no se ve”. Sin duda era una formulación simplista, pero me gusta recordarla de vez en cuando porque, desde su simplicidad, añade un “plus” de gran importancia.
Tener fe no es solo creer en la existencia de Dios, aún con todos los calificativos —padre, bueno, misericordioso, omnipotente, ...— que podamos aplicarle. A Dios podemos llegar incluso a verlo en la Eucaristía, en el prójimo...
El “plus” que aportaba la definición que recitaba mi abuela —quizá sin entender todo su alcance— es el de la confianza. Tener fe va más allá de creer que Dios existe. Tener fe es creer en Dios, confiar en Él, abandonarse a Él.
Y aquí es donde comienzan los problemas. O las exigencias. Creer que Dios existe es más o menos fácil. Confiar en Él y seguir su voluntad ya es más complicado. A Dios, a veces, cuesta entenderle. Y en ocasiones, es simplemente imposible. Ahí entra el “creer en lo que no se ve”, en lo que no se entiende, ni se vislumbra, ni parece lógico...
Benedicto XVI expresa mejor lo que es tener fe: “es encontrar a ese ‘Tú’, a Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no sólo aspira a la eternidad, sino que la da; es entregarme a Dios con la actitud confiada de un niño, que sabe que todas sus dificultades y todos sus problemas están a salvo en el ‘tú’ de la madre”.
Les recomiendo las catequesis del Papa sobre el Año de la Fe... Aquí encontrarán el texto íntegro de la primera —del que he extraído la anterior cita— en la que, con infinita mayor profundidad y sabiduría, aborda la definición de fe.
lunes, 22 de octubre de 2012
Padres viejos, lecciones nuevas
Mañana cumplen mis padres cincuenta años de casados. Cincuenta años de fidelidad mutua, de compañerismo, de amor y también -es lógico- de momentos mejores y peores, de crisis, peleas..., pero sobre todo de perdón y reconciliación. No es común, con los tiempos que corren.
Y ahí están, mientras escribo, a unos metros de mí. Como un par de novios. Ella sentada en una silla al lado de la cama de hospital donde -seamos realistas- mi padre consume sus últimos días, u horas, instalado en una montaña rusa de ligeras mejorías y largos empeoramientos. Ayer parecía que todo era cuestión de horas y hoy, víspera de su aniversario, solo le faltaba levantarse y salir andando por la puerta (algo que, desde hace 6 meses, es sencillamente imposible).
Puede que influya que sean mis padres, pero es tan tierno verles darse pequeños besos en la boca. Es prácticamente a lo único que reacciona ya él. Pone morritos y besa. A ella. a mí, como mucho, me arquea las cejas. No puede hablar, porque apenas queda airé en sus pulmones. Está la mayor parte del tiempo adormecido. Apenas presiona tu mano cuando la separas de la suya. Pero con mi madre, reacciona. Y ella le dice piropos, abraza su mano y se despide en silencio y sin irse. Lleva todo el mes haciéndolo, pegada a esa cama, forzada a alejarse con chantajes emocionales...
Sin duda, mis padres me están dando una nueva lección. No me atrevo a decir que es la última...
Y ahí están, mientras escribo, a unos metros de mí. Como un par de novios. Ella sentada en una silla al lado de la cama de hospital donde -seamos realistas- mi padre consume sus últimos días, u horas, instalado en una montaña rusa de ligeras mejorías y largos empeoramientos. Ayer parecía que todo era cuestión de horas y hoy, víspera de su aniversario, solo le faltaba levantarse y salir andando por la puerta (algo que, desde hace 6 meses, es sencillamente imposible).
Puede que influya que sean mis padres, pero es tan tierno verles darse pequeños besos en la boca. Es prácticamente a lo único que reacciona ya él. Pone morritos y besa. A ella. a mí, como mucho, me arquea las cejas. No puede hablar, porque apenas queda airé en sus pulmones. Está la mayor parte del tiempo adormecido. Apenas presiona tu mano cuando la separas de la suya. Pero con mi madre, reacciona. Y ella le dice piropos, abraza su mano y se despide en silencio y sin irse. Lleva todo el mes haciéndolo, pegada a esa cama, forzada a alejarse con chantajes emocionales...
Sin duda, mis padres me están dando una nueva lección. No me atrevo a decir que es la última...
jueves, 18 de octubre de 2012
Señores del tiempo
Supongo que cada uno lo descubre a su manera y en su momento. Puede que incluso varias veces a lo largo de la vida, aunque tendemos a olvidarlo pasado un tiempo...
Definitivamente no. No somos dueños del tiempo. Ni del nuestro, ni del de nadie. Nos empeñamos en hacer planes, aceptar compromisos, aspirar a un futuro moldeado a nuestro gusto.
Pero Dios es el único señor del tiempo y de la historia. Nosotros decidimos sobre nuestras vidas, sí, pero sólo Él conoce los plazos. Y de sus vencimientos es imposible la huída.
Un padre enfermo y en la recta final lo marca todo. La vida sigue, sí. Siguen surgiendo compromisos, trabajos, gestiones, citas ineludibles. Y sin embargo, sabes que en algún momento todos esos planes tendrán que ser aplazados, pospuestos y puede que hasta olvidados. Cuando llegue el momento, todo pasará a un segundo plano. E incluso cuando creas que ha llegado, puede que ni sea así...
Lo dicho... No somos dueños de nuestro tiempo. Cada minuto es un regalo, una oportunidad, un llamamiento.
No pierdas el tiempo. Ni es tuyo, ni sabes cuánto te queda...
miércoles, 10 de octubre de 2012
Calidad de vida
La cuestión la tengo muy cercana. Déjenme hacer con ustedes una breve reflexión en voz alta, porque puede ser que nos equivoquemos de enfoque al enfrentarnos a la “calidad de vida” de nuestros mayores. Si no del todo, sí en algo...
Asumimos que la calidad de vida va asociada a la capacidad de una persona para ser feliz, para valerse por si mismo para lograrlo. Obviamente, en todo esto hay calidad de vida, pero no es lo único. La persona dependiente, la que padece una enfermedad de la que no va a mejorar nunca, también puede contar con una excelente calidad de vida si tiene a personas a su alrededor que la cuidan con amor. Puede que incluso más que otros que, aún valiéndose por si solos, no tienen a nadie cercano.
Quizá no sea cuestión —ésta de la calidad— dependiente solo de la percepción que tiene el enfermo de su propio estado. Ni de la que imaginamos los que vivimos a su alrededor. Ni siquiera de dolores, movilidades, sufrimiento y otras circunstancias objetivas. Quizá el elemento principal sea el amor. Con independencia de si es o no reconocido, de la capacidad de percibirlo.
Quizá un enfermo amado, aún en estado vegetativo o casi, incluso entre inmensos dolores y sufrimientos, puede tener mejor calidad de vida que muchas personas sanas que andan y triunfan por la vida.
Quizá lo más grave no es que no seas capaz de sostener sin ayuda la cuchara que te alimenta. Quizá lo más grave es no tener a una persona que haga eso por ti por amor...
miércoles, 3 de octubre de 2012
En cola...
Poco más de las siete y media de la mañana. Desde la ventana de la habitación de hospital, donde he pasado la noche junto a mi padre, observo cómo un grupo de personas comienza en una esquina la formación de una cola. Gentes que incluso bajan de automóviles, que se desvían de la ruta más corta. Padres que dejan a sus hijos en la acera contraria para que puedan recoger lo que se regala: un periódico gratuito.
Ya vi la escena ayer. Y supongo que la veré mañana, y que se seguirá produciendo incluso cuando yo ya no esté asomado a esta ventana... Nadie desprecia lo que es gratis. Incluso madruga y altera su comportamiento.
Y sin embargo, la salvación que Dios nos ofrece no parece contar con esas colas. Pese a ser gratis. Pese a ser para siempre. Pese a ser infinitamente más valiosa.
En estos tiempos que corren es a Dios y a su Iglesia a quien le toca salir a buscar al hombre, hacer cola para hacerse un hueco entre todos sus intereses que apenas dejan espacio para el que todo lo puede. Es curioso, pero Él nos dio libertad para que así fuera.
Pasan nos minutos de las ocho -hoy van con retraso, anoche hubo fútbol- y llega la furgoneta con los diarios, la repartidora se acerca a recoger la carga, mientras unas cuarenta personas esperan pacientemente en la cola a cierta distancia. Observan desde la distancia, supongo que no sin cierta impaciencia.
La repartidora coge un primer montón y comienza a distribuir su mercancía. Supongo que lo hacen así para evitar que nadie coja más de un ejemplar. En apenas unos minutos la cola desaparece. Las personas que cruzan por los semáforos cercanos se desvían unos metros para retirar su ejemplar. También los hay -pocos- que no lo hacen y pasan de largo. En menos de una hora la chica recogerá y habrá terminado... hasta la mañana siguiente.
Es ahora cuando se me ocurre que podía haber hecho una foto de la cola. Tendrán que fiarse de lo que les he contado. La foto, tardía, no hace justicia a la expectación. Comienzan las rondas. Dentro de poco el desayuno y después, a seguir leyendo "Las sandalias del pescador", mientras mi padre sigue ese estado de micro-sueño y el papa Cirilo I -el de la novela- pide a la Iglesia hombres con pies ligeros y espíritus ardientes...
Ya vi la escena ayer. Y supongo que la veré mañana, y que se seguirá produciendo incluso cuando yo ya no esté asomado a esta ventana... Nadie desprecia lo que es gratis. Incluso madruga y altera su comportamiento.
Y sin embargo, la salvación que Dios nos ofrece no parece contar con esas colas. Pese a ser gratis. Pese a ser para siempre. Pese a ser infinitamente más valiosa.
En estos tiempos que corren es a Dios y a su Iglesia a quien le toca salir a buscar al hombre, hacer cola para hacerse un hueco entre todos sus intereses que apenas dejan espacio para el que todo lo puede. Es curioso, pero Él nos dio libertad para que así fuera.
Pasan nos minutos de las ocho -hoy van con retraso, anoche hubo fútbol- y llega la furgoneta con los diarios, la repartidora se acerca a recoger la carga, mientras unas cuarenta personas esperan pacientemente en la cola a cierta distancia. Observan desde la distancia, supongo que no sin cierta impaciencia.
La repartidora coge un primer montón y comienza a distribuir su mercancía. Supongo que lo hacen así para evitar que nadie coja más de un ejemplar. En apenas unos minutos la cola desaparece. Las personas que cruzan por los semáforos cercanos se desvían unos metros para retirar su ejemplar. También los hay -pocos- que no lo hacen y pasan de largo. En menos de una hora la chica recogerá y habrá terminado... hasta la mañana siguiente.
Es ahora cuando se me ocurre que podía haber hecho una foto de la cola. Tendrán que fiarse de lo que les he contado. La foto, tardía, no hace justicia a la expectación. Comienzan las rondas. Dentro de poco el desayuno y después, a seguir leyendo "Las sandalias del pescador", mientras mi padre sigue ese estado de micro-sueño y el papa Cirilo I -el de la novela- pide a la Iglesia hombres con pies ligeros y espíritus ardientes...
martes, 25 de septiembre de 2012
El buen rebaño
Siempre he pensado —¡vanidad de vanidades!— que junto a la parábola del Buen Pastor en el Evangelio debería aparecer la del buen rebaño. O mejor, de las buenas ovejas. Aquéllas que reconocen la voz de su Pastor y obedecen, se dejan guiar y cuidar por él...
No es una tontería. ¿Cuántas veces sabemos lo que hay que hacer y no lo hacemos? ¿Cuántas veces preferimos hacer oídos sordos a la voluntad de Dios? No siempre nos engañan. En la mayoría de ocasiones nos mentimos a nosotros mismos, nos convencemos de lo que, a nuestro juicio, más nos conviene, menos molesta o incomoda.
Decididamente, no siempre somos un buen rebaño, buenas ovejas, que siguen a su pastor.
Y serlo no significa despreciar el uso de la razón, ni un seguidismo masificante y atontolinado. Ser buen rebaño no implica la desaparición de un espíritu crítico. Precisamente al contrario. Ser buen rebaño significa potenciar la crítica y la reflexión para descubrir y distinguir al pastor bueno del malo. Y cuando la razón no puede darnos respuesta, acudir a la oración.
¡Cuántos en la Iglesia desoyen a sus pastores, que lo son por encargo del único Pastor! ¡Y no siempre por culpa de esos pastores! ¡Cuántas veces por una simple pose, un cliché, sin leer ni escuchar!
¡Bienaventurados los mansos que se dejan llevar por Dios!
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