En vivo y en directo. Autocrítica sin tapujos, llamando a las cosas por su nombre. Basta de excusarse en el mundo, la vida o la sociedad. ¿Acaso no formamos parte del mundo? ¿No somos dueños de nuestra vida? ¿No somos los que sostenemos esta sociedad?

martes, 10 de abril de 2012

No es por menospreciar


No. No vayan a creer. Estoy convencido que cada tiempo tiene su “aquél” y que cada generación sus formas de vivir con intensidad la fe. No me cabe duda. Pero será por la cercanía de los 50 —aunque aún me faltan mas de dos años—, la casualidad, o una tertulia de domingo con viejos amigos, con una guitarra entre las manos y recordando viejas canciones... y lo que va pegado a cada una de esas melodías.

El caso es que ayer por la tarde me puse a rebuscar por Internet sin demasiadas expectativas. Un tiro al aire, y lo que encontré fue una auténtica ráfaga. Tenían que habernos visto a mi mujer y a mí, con los cascos puestos, devorando momentos de nuestra historia, cantando como posesos y echando de menos todo aquello. No por volver a vivirlo, sino porque nuestra hija no ha tenido oportunidad de hacerlo. De ahí el título, y las primeras líneas de este artículo.

Soy de la generación que vivió su “veintena” en la segunda mitad de los 80 y principios de los 90. Y no sé si es porque Dios los cría y ellos se juntan, pero las guitarras casi que nos acompañaban a todas partes. La música llenaba buena parte de nuestras vidas. Algunos hicimos nuestros pinitos: espectáculos musicales, festivales, verbenas, actuaciones, composiciones y hasta grabaciones de nefasta calidad...

Creo que fuimos muy afortunados, que no hemos dado suficientes gracias a Dios y a los que nos rodeaban por aquellos años llenos de creatividad, de ilusión, de intensidad... Nunca he sido de gran espiritualidad contemplativa, pero en aquella época nos podíamos quedar una noche entera tirados en el suelo en una capilla improvisada con nuestras guitarras y canciones. O en torno a un fuego aclarando nuestras voces con mistela.

Ya sé que no tenemos edad para eso, que esos momentos pasaron y que nuestras formas y caminos están en constante adaptación a nuestra vida y entorno..., ¡pero de vez en cuando lo echo tanto de menos! Y me sabe tan mal que mi hija no haya vivido una Semana Santa de campamento en un albergue aislado... Mis vivencias no tienen por qué ser mejores que las suyas, pero es que me resulta difícil explicarle aquella euforia a quien no la ha vivido...

Quizá la prueba más palpable de la bondad de todo aquello es que tras tantos años pasados —algunos de ellos muy alejados— seguimos disfrutando de nuestra compañía, seguimos intimando, sigue bastándonos una mirada cómplice para saber, para recordar, para volver a sentir, para tocar con la punta de los dedos algo de aquella magia. El tiempo se detiene, los ojos se humedecen, los dedos recuerdan acordes olvidados y las voces alcanzan notas imposibles.

Son tiempos que ni volverán —aunque no me molestaría un último canto del cisne— ni a lo mejor tendrían el mismo sentido hoy. No podemos vivir de ese pasado, aunque sea el nuestro y fuera excepcional. Pero tampoco renegar de él, ni dejar de contemplarlo con profundo y sincero agradecimiento. Fuimos muy afortunados. Opiniones al margen creo que vivimos una de las mejores épocas musicales de los últimos cincuenta años. Y nosotros formamos parte.

Supongo que Dios sigue escogiendo “zarzas ardientes” para llamar nuestra atención. En nuestra juventud fue la música.

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